martes, 19 de febrero de 2013

Francisco Javier Becerra

Para hablar de un joven, quién mejor que yo que, a mis 17 años puedo decir que he visto y convivido con una gran cantidad de ellos a lo largo de las clases, lo que me lleva a una primera observación: los jóvenes somos personas que nos encontramos en formación, ya sea dentro de una institución educativa o no, por lo cual se deduce que estamos en constante aprendizaje. Esto es bastante evidente con el simple hecho de observar en todos lados a los “mayores” dando consejos y sermones a los menores, incluso entre adolescentes siempre estamos recibiendo consejos de otros adolescentes, situación que no ocurre con los adultos.
Los jóvenes también somos mucho más despreocupados de las obligaciones que suelen tener otras personas como pagar rentas, cuentas bancarias o cuidar de la familia. Estas son actividades que ahora no realizamos y esto nos da tiempo para pensar en otras cosas,  lo cual no significa seamos inconscientes o insensibles; simplemente no les prestamos la atención necesaria a ellas.
También puedo observar que los jóvenes somos, al menos en este contexto, más frágiles sentimentalmente. No podemos recibir críticas tan severas a nuestra persona o nuestro estilo de vida sin que nos afecte.
Y otra cosa más, no sólo somos frágiles, también solemos tener desinterés por la realidad y sobreponer nuestros intereses ante cosas que para otros pueden ser más importantes. En fin, los jóvenes hacemos todo tipo de cosas para parecernos o diferenciarnos de los demás, podemos ser predecibles y enigmáticos a la vez.
De igual manera me he percatado que, a través de la historia, la concepción que muchas culturas tuvieron de los adolescentes y jóvenes se relaciona con la inexperiencia, poca utilidad, inmadurez y en algunos casos como en la antigua Roma con personas que debían ganarse su respeto con actos de valor.
Para la Organización de las Naciones Unidas (ONU)  la juventud comprende a aquella persona cuyo rango de edad se encuentra entre los 10 y los 24 años y abarca la pubertad o adolescencia inicial —de 10 a 14 años—, la adolescencia media o tardía —de 15 a 19 años— y la juventud plena —de 20 a 24 años. De acuerdo a esta información la juventud es solo una condición cronológica y considero que también puede ser el sinónimo de vigor, empuje y otros términos parecidos. Sin embargo, continúo pensando que existe un sentido más profundo del término juventud y al hecho de serlo.
Reconozco que tiene sus ventajas, la mayoría relacionadas con el aspecto físico pero esta misma condición es la que nos permite ser capaces de tener energía y lograr grandes cambios. El hacer cambios está en la capacidad, sólo hace falta el querer realizarlos.
El  término joven continúa cambiando pero el sentido de ser uno de ellos no. A diferencia de lo que menciona la ONU, yo no creo que el término se reduzca a sólo edad, más bien tiene que ser una condición casi espiritual, en la que la persona está llena de vida y de intenciones de trascender. Por lo tanto, considero que una gran tarea es hacer algo con nuestra energía y transformarla en acciones positivas para nosotros, la familia y la sociedad.
“Los jóvenes son el nuevo icono de la transformación social y cultural; ellos se han convertido en el nuevo sujeto histórico del cambio sociopolítico; aunque algunos más bien los ven como una amenaza explícita al orden social.” (Morán, 2012)